Era noche silenciosa en frío invierno,
y empujado por mi gran curiosidad…
me fui al cementerio bajo el cierzo
que en mis huesos
calaba sin piedad.
Con luz de blanca luna vi las tumbas,
pálidas lápidas… lirios blancos observé.
Duros truenos alumbraron la penumbra,
y resuelto a la necrópolis entré.
Caminé… recorriéndome el recinto,
y cansado en una tumba descansé.
Varias sombras al instante fue principio
de que algo comenzaba a suceder.
A lo lejos vi figuras que pasaban,
asombrado y cauteloso me acerqué.
¡Dos sombríos esqueletos se abrazaban!
¡Y giraban… cual bailando no sé qué!.
¡Una mano de huesos abarcaba
y apretaba una cintura con placer!.
¡De una fúnebre persona descarnada,
y sospecho que era un talle de mujer!
Colocó una corona en blanca frente,
¡se besaron sin sus labios!. Y pude ver…
las sombras fantasmales ahí presentes,
que con lirios les daban parabién.
Se acariciaban, se besaban y bailaban,
y en susurro que traté bien entender…
vi los rayos en la fría madrugada,
cuando el alba me mostró el amanecer.
Poco a poco, lentamente se marcharon.
Yo no sé si esto soñé y me desperté.
Solo puedo decir que ellos se amaron,
¡y la Muerte no logró su amor vencer!.
Los fantasmas se ocultaron en las sombras,
pensativo de aquél sitio me alejé.
Si soñé, solo sé que aún me asombra…
¡el TE
AMO, que escuché ese anochecer!.