Un día gris… la acompañé a la
fosa,
se había ocultado el cielo
para mí.
Su cara hermosa, cual pétalo
de rosa,
se hallaba mustia, sin su
color carmín.
El sol radiante de sus divinos
ojos,
se había apagado, y me creí
morir.
La muerte me privo de los
antojos
que solamente ella calmaba en
mí.
Besé su frente, y como en fría
loza…
sentí el cierzo que recorrió a
mí ser.
Y de mis ojos brotó un caudal gotas…
vertidas del alma, de tanto padecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario