Volviendo el rostro en un ocaso
mientras más débil el sol brillaba,
sus olas fuertes el mar lanzaba
sobre la playa blanca en que estaba.
Duro a la arena el mar dispersaba,
se abría la arena y después juntaba,
el mar soberbio al no lograr nada
se iba humillado en suave bajada.
Así eres tú, mar embravecido,
con fuertes celos que nadie para,
mas yo seré para ti cual playa
que aguanta a la ola como si nada.
Hasta que un día reine la calma
y bien serenas se vean tus aguas,
y deslizarme como la arena…
muy suavemente al
fondo de tu alma.
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